Dossier: Cambio climático: ¿”capitalismo verde” o ecosocialismo?

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Cambio climático: ¿”capitalismo verde” o ecosocialismo? Dossier

Sin Permiso viene publicando regularmente artículos de fondo sobre los datos científicos del cambio climático y la naturaleza social de las propuestas para hacerle frente. El dilema se resume en dos modelos: “capitalismo verde” o ecosocialismo. Ambos están presentes continuamente en los debates sobre la COP25 de Madrid, cuyo principal objetivo es avanzar en las negociaciones para la aplicación del artículo 6 de los Acuerdos de París y el desarrollo de mecanismos de mercados de emisiones de gases invernaderos como el que ya existe en la Unión Europea.

Junto a los dos textos que ahora publicamos, recordamos algunos de los argumentos fuertes del ecosocialismo, desarrollados en la serie de artículos que hemos seleccionado al final para poder seguir este debate y actuar conscientemente a favor de los intereses de las clases populares. SP

El capitalismo frente al planeta: hacia un apocalipsis de agua, fuego y beneficios históricos

Luca Celada

Este otoño de 2019 se recordará como el momento en la que la catástrofe “a cámara lenta” del cambio climático vino a percibirse como una emergencia real.

En estos meses los Estados Unidos han formalizado su renuncia a los acuerdos de París sobre el clima, esa parte insuficiente pero esencial de un intento de respuesta global a la crisis medioambiental.

Ha sido la estación en la que una adolescente se dirigió a las Naciones Unidas, expresando toda la indignación y rabia de una generación que, tal parece, tendrá que habérselas con todos los lamentables fracasos de quienes vinieron antes y con un futuro que parece cada vez más funesto. Al dramático discurso de Greta Thunberg le siguió una gira por América del Norte en la que la joven activista sueca trató de poner el foco de atención en la cuestión del cambio climático y sus repercusiones en las diversas comunidades del planeta.

En noviembre, Greta navegó de vuelta a Europa y con rumbo a la COP 25, la Cumbre Global del Clima en Madrid ( 8-12 de diciembre) y al mismo tiempo unas inundaciones de las que se dan una vez cada quinientos arrasaron Venecia. Sus angustiados habitantes tuiteaban imágenes del agua engullendo la ciudad en un fenómeno, el acqua alta, con pocos precedentes. El nivel de la marea que sumergió calles medievales y monumentos de valor incalculable igualó una marca anterior establecida en 1966. La Basílica de San Marcos se inundó de agua salada por sexta vez solamente en sus mil años de historia. En los últimos veinte años se han registrado dos de estos sucesos.

La gran inundación de Venecia llegó a continuación de avisos cada vez más urgentes de la comunidad científica sobre la aceleración del ritmo al que se funde el hielo antártico y sus previsibles efectos sobre los niveles globales del mar.

Toque de retirada

A mediados de octubre, justo cuando la estación de huracanes del Caribe estaba dando paso a la estación de incendios al oeste de los Estados Unidos, un opulento enclave al norte del condado de San Diego provocó la controversia al negar su conformidad a los requerimientos de la Comisión Costera de California.

La agencia, que tiene jurisdicción sobre la costa del estado, ha pedido a todas las comunidades con línea de costa sobre el Pacífico que preparen planes de contingencia que tomen en cuenta los pronósticos de erosión costera y de inundación del litoral debidos al aumento del nivel del mar. Las administraciones locales han de mostrar que están preparadas para enfrentarse con las inundaciones que vienen con la planificación de barreras y murallas contra el mar, proyectos de apuntalamiento y otras medidas. Entre estas, la Comisión Costera está exigiendo asimismo “retiradas planificadas” en las que las ciudades han de mostrar planes para abandonar la primera línea de costa y zonas de bajo nivel más proclives a inundarse y con más probabilidades de riesgo.

A la luz de fenómenos climáticos aun más severos, y mientras el estamento político se mantiene todavía en la negación científica, la “retirada de las costas” se ha convertido en realidad en el plano de las administraciones locales. Las ciudades han ido, de hecho, elaborando el abandono de las zonas en riesgo en su planificación urbana. De Nueva Orleans a Miami (por no mencionar Fiyi y Bangladesh), ha empezado ya la retirada planificada de las costas, así como, por supuesto, el éxodo mucho más caótico de refugiados climáticos.

Lo que se convirtió en noticia a Del Mar fue la negativa de sus opulentos habitantes a contemplar siquiera abandonar sus viviendas de lujo a la vista de las aguas que avanzan. De hecho, ellos — y muchos otros residentes en la costa — puede que ya pronto carezcan del lujo de esa opción.

La costa de California está en realidad clasificada como una de las mejor preparadas. En otros lugares se están perdiendo muchas batallas. Tras la catastrófica llegada del huracán Katrina, por ejemplo, ya hay tierras a las que ha renunciado Luisiana por “indefendibles”. Un caso pertinente, la pequeña isla de Jean Charles, hogar ancestral de los nativos chitimacha, biloxi y choctaw, ha perdido el 98% de su masa terrestre, y sus últimos habitantes están siendo masivamente reubicados.

En Florida, cuyas 1.350 millas de costa están estadísticamente entre las que corren mayor riesgo, la retirada de las costas es también una realidad. Un estudio de la Universidad de Florida estimaba que el 80% de los Cayos de Florida puede acabar bajo el agua antes de que acabe el siglo. En el Estado del Sol, seis millones de habitantes pueden acabar teniendo que reubicarse en el interior, tres millones sólo en el condado de Miami-Dade. Cada una de las sucesivas estaciones de huracanes determina el avance del agua y la retirada de los propietarios de viviendas que deciden no reconstruir o quedan sin cobertura por parte de bancos hipotecarios y aseguradoras y no tienen otra opción que marcharse.

En otros lugares, como Nueva Jersey, el estado compró a sus propietarios 3.000 viviendas que quedaron destruidas o dañadas por la supertormenta Sandy en 2012, y se ha decido que sus terrenos queden  deshabitados de modo permanente mientras se construye una barrera de ocho kilómetros y medio en su costa sur destinada a mantener a raya el agua…de momento.

La alarmante verdad que despunta de un creciente número de estudios y proyecciones científicas es que puede que hasta trece millones de norteamericanos tengan que abandonar las costas para 2100. La Gran Inundación de Venecia puede no ser más que un anticipo de lo que está por llegar. Y la misma suerte pueden correr pronto los ciudadanos de Dakha, Ciudad Ho Chi Minh, Shanghai, Mumbai y Kolkata. La crisis de refugiados resultante podría dejar pequeña el actual éxodo, así como conducir presuntamente a reacciones xenófobas de la misma envergadura, que algunos llaman ya “fascismo climático”.

Antes de la inundación

El aumento del nivel del mar volvió de nuevo a producir titulares. Un nuevo estudio sobre el clima publicado por la revista Nature a comienzos de noviembre presentaba un modelo de elevaciones telegráficas medido con una serie de métodos de láser (LiDAR) y satélite, y cruzaba los datos con el pronóstico más reciente del aumento del nivel del mar a fin de crear un mapa interactivo para consultar a qué podrían asemejarse las costas del mundo en 2050.

Los resultados son dramáticos, por decir algo. Hasta 190 millones de personas viven actualmente por debajo del nivel, al que, según las proyecciones, llegarán las mareas altas para 2100. Pero esas proyecciones se refieren a hipótesis en el mejor de los casos, en el que se toman medidas agresivas para contener y reducir las emisiones de carbono. En el peor (y más probable) de los casos, en el que las emisiones siguen creciendo al ritmo actual, los refugiados climáticos se ven obligados a abandonar tierras que se convertirán en inhabitables pueden llegar a totalizar 630 millones, y 150 millones ya sólo para 2050.

Miami, Shanghai, Mumbai, Ciudad Ho Chi Minh, Venecia y Nueva Orleans están entre las ciudades que perderían tierra a causa de inundaciones o quedarían en buena medida sumergidas. Los grandes deltas de todo el mundo, tradicionales imanes de centros de población, corren el riesgo de inundarse. En la boca del Nilo, Alejandría puede acabar desapareciendo por completo. En el Mississippi podría perderse buena parte del Bayou de Luisiana. Un destino semejante puede acaecerle al delta del Mekong, lo que amenaza a veinte millones de personas, un cuarto de la población de Vietnam.

California en alerta roja

Antes de dejar América del Norte, Greta Thunberg pasó varos días en  California. Hablando desde Los Ángeles, hizo referencia a los incendios que devastaban el sur de California en ese momento. Las decenas de miles de personas evacuadas en esos días deberían contarse, propone ella, como refugiados del clima, víctimas de las llamas avivadas por la sequía anual y los vientos cuya intensidad progresiva ha ocasionado temporadas de incendios cada vez más feroces  y directamente ligadas a un clima cada vez más demostrablemente fuera de quicio.

Todo esto pone de relieve la ausencia patente de una respuesta política. Por el contrario, Donald Trump, cuya administración considera el cambio climático un “timo”, culpa a las víctimas. Amenaza con retirar la ayuda federal porque las autoridades locales no “rastrillaron los bosques” como él les había indicado (no importa que los incendios de este año hayan hecha arder casi exclusivamente maleza ni que la mayoría de los bosques de California se encuentren en realidad en terreno federal). Se trata de esa “depravada indiferencia” denunciada por Robert Redford en un cáustico artículo que comentaba la salida de los Estados Unidos del tratado de París el 4 de noviembre.

El episodio resulta tragicómico, pero el choque cada vez mayor entre California y el gobierno federal representa bien la ausencia de una respuesta política capaz de estar a la altura de tan apremiante ocasión.

La pelea forma parte de una lucha ambiental de mayor calado que enfrenta a Sacramento, la capital de California, contra la Casa Blanca de Trump, que niega el cambio climático. Desde que accedió al cargo, Trump se ha encomendado revertir la regulación de la época de Obama — y nada más vehementemente que las estrictas reglas promulgadas sobre emisiones de carbono— como parte de su desmantelamiento de la EPA [Environmental Protection Agency] y del conjunto de la estructura de medio ambiente en nombre del sector que emite carbono.

Eso a su vez le ha enfrentado directamente contra California, a la que se otorgó en los años 70 una dispensa especial para establecer estrictas normas propias de eficiencia de combustibles a las que se han avenido tradicionalmente los fabricantes de automoción. Trump amenaza ahora con revocar la exención y obligar al estado a amoldarse a normas de eficiencia más laxas.

La disputa ha dado lugar a un caos regulatorio: Ford, Honda, Volkswagen y BMW, que representan aproximadamente el 30% del mercado norteamericano, han adoptado públicamente las reglas de California. Toyota, General Motors y Fiat Chrysler han subscrito el plan de Trump. Decenios de avances en la calidad del aire y en el mayor mercado de vehículos eléctricos del país penden de un hilo.

Hacer sonar la alarma

El enfrentamiento de California resulta emblemático del daño causado siguiendo los pasos de la regresión liberal-populista que tiene lugar precisamente en el momento equivocado: justo cuando el cambio climático requeriría una política creativa y responsable y cuando se está acabando el tiempo. El hecho se hizo más inequívoco con la publicación en BioScience de otro estudio más el 5 de noviembre.

Así reza el documento en una de sus partes: “los científicos tienen la obligación moral de de avisar claramente a la humanidad de cualquier amenaza catastrófica…Sobre la base de esa obligación y los indicadores gráficos presentados más abajo, declaramos, con más de 11.000 científicos signatarios de todo el mundo, que el planeta Tierra se enfrenta clara e inequívocamente a una emergencia climática”.

Los firmantes continúan detallando las amenazas y delinean la respuesta necesaria en seis puntos. Resulta notable el sexto.

•   Reducir las emisiones de carbono, metano e hidrofluorocarbonados

•   Substituir los combustibles fósiles por fuentes de energía renovable más limpias

•   Proteger y restaurar los ecosistemas amenazados de la Tierra

•    Reducir el consumo de carne y reformar la producción industrial de alimentos

•    Controlar la población

•    Desplazar los objetivos económicos del crecimiento del PIB a la sostenibilidad y dar prioridad a la reducción de la desigualdad

Esta declaración de verdades fácticas por parte de la comunidad científica recalca la naturaleza política de la crisis, así como una condición previa necesaria para su solución. Si queremos escapar de esta viciosa espiral de consumo y crecimiento a la fuerza que nos ha traído hasta este punto, tenemos que repensar radicalmente el sistema que lo produce. Los mercados no pueden proporcionar la solución puesto que en buena medida han creado el problema.

Tal como detalla Naomi Klein en su último libro, On Fire, la alteración neoliberal del sistema está condenada a quedarse corta, ahora que se ha ignorado el problema durante tanto tiempo. El capitalismo es incompatible con la supervivencia del planeta, como quedó sobradamente claro en Venecia, donde nunca se protegió el frágil sistema de la laguna y se convirtió en un estanque de atraque para mastodónticos cruceros, que dañaron aun más el lecho marino y quebraron la capacidad del ecosistema para autorregularse.

La dinámica se puso de relieve en California este otoño. Mientras las llamas de los incendios iluminaban de rojo los cielos, y los vientos de Diablo y Santa Ana aullaban en los cañones y matorrales, tenían también que luchar contra los apagones eléctricos. Durante días y días, la inquietud por el peligro que se acercaba se vio agravada por la falta de electricidad en amplias franjas del estado, arrojando a millones de ciudadanos de la loada utopía tecnológica, de la quinta economía mundial, a una incertidumbre preindustrial.

Los cortes eran medidas precautorias intencionadas por parte de las compañías eléctricas del estado, a cuyas líneas de alta tensión se ha culpado de un número creciente de incendios. Los vientos siembran el caos sobre cables eléctricos al descubierto, provocando cortocircuitos y chispazos que han prendido en incendios, entre ellos el que ha destruido 1.200 viviendas en  Santa Rosa y el mortífero fuego que el año pasado mató a 89 personas en la ciudad de Paradise, en el norte de California.

La singularidad de California estriba en que se han privatizado dos tercios de sus empresas de servicios públicos. Empresas como PG&E y Southern California Edison han tenido pocos incentivos para mantener una infraestructura envejecida, concentrándose, en cambio, en el negocio de grandes empresas privadas: maximizar beneficios, distribuir dividendos y generosas bonificaciones a los ejecutivos. Al mismo tiempo, conforme aumentan los daños de los incendios y la destrucción medioambiental, las empresas de servicios públicos han acabado en bancarrota a causa de las demandas y la responsabilidad civil, dejando a la población la factura del rescate según el modelo familiar de beneficios privados y pérdidas socializadas popularizado por Wall Street. Último ejemplo de las fuerzas del mercado en su depredación del planeta, que nos dejan para recoger los pedazos…y la factura.

No podría haber, en resumen, peor régimen para enfrentarse a la creciente emergencia que el status quo neoliberal que surgió con el reaganismo para fagocitar el planeta con oligopolios financieros que culminan en la desbocada desigualdad de hoy y el ascenso de inestables regímenes extremistas, autoritarios. Una regresión global que, emparejada con el desequilibrio medioambiental, supone literalmente una doble amenaza mortal.

Así se presenta el escenario del que se puede sostener que supone el mayor desafío de la civilización, el que habrá que responder a la cuestión planteada por el teórico británico Mark Fisher: ¿Llegará la muerte del planeta antes que la desaparición del capitalismo? ¿O seremos capaces de imaginar una alternativa?

Luca Celadaperiodista italiano radicado en Los Ángeles, es colaborador del diario ‘il manifesto’.

Traducción: Lucas Antón

il manifesto global, 24 de noviembre de 2019

“El cambio es posible, pero requiere una revolución”. Entrevista

Jean-Pascal van Ypersele

Jean-Pascal Van Ypersele es profesor del Instituto de Tierra y Vida de la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, y en 2008 era vicepresidente del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), organismo de las Naciones Unidas dedicado a la supervisión de cambios ligados al calentamiento global. Galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 2007 por su compromiso en la lucha contra el cambio climático, es hoy uno de los más fervientes partidarios de Viernes por el Futuro [Fridays for Future], el movimiento estudiantil que apela a la clase política a actuar con prontitud contra el calentamiento global.

“Hoy en día hemos registrado ya un aumento de temperatura de un grado comparado con el periodo preindustrial, y para reducir los riesgos del calentamiento global, debemos alcanzar un grado cero de emisiones netas en los próximos 30 años”, nos dijo van Ypersele antes de la cumbre del clima en Madrid, la COP25 [entrevistado por Gabriele Annicchiarico para il manifesto].

 ¿Cuáles son las consecuencias del cambio climático que están ya presentes en nuestra vida cotidiana?

Los fenómenos naturales extremos, de los cuales vemos un aumento en frecuencia e intensidad, están claramente ligados al cambio climático. Está claro que las olas de calor de los últimos años son más intensas que antes. Sólo con que tomemos el año 2003, podemos estimar el número de muertes debidas al exceso de calor en 70.000 personas únicamente en Europa. La pluviometría se ha vuelto también más intensa y violenta a consecuencia de la mayor evaporación de los océanos y de una mayor concentración de vapor de agua en la atmósfera. Esto viene acompañado de una mayor probabilidad de que ocasione inundaciones y corrimientos de tierras. También es importante destacar el fenómeno de la progresiva desertificación de la cuenca mediterránea. Nos preguntamos asimismo si los incendios que hemos ido viendo en la Península Ibérica en años recientes podrían ser una señal del calentamiento global.

Los fenómenos meteorológicos extremos que hemos visto en Italia en días recientes, ¿se deben también al cambio climático?  

Tal como he dicho, el aumento en la frecuencia e intensidad de las precipitaciones está claramente ligado al calentamiento global. El caso de Venecia es un tanto distinto, y se ve empeorado por el cambio del nivel del mar, que ha subido una media de unos 20 cm. en el último siglo.  Esto significa que cuando una tormenta aparece en consonancia con mareas altas, en un contexto general de aumento de nivel del mar, está claro que el fenómeno del “acqua alta” de Venecia está destinado a rebasar marcas anteriores una y otra vez en años venideros.

¿Por qué es tan importante no rebasar ese umbral del 1,5° grados centígrados?

Si se considera un aumento de temperatura de 1,5°grados, se ha calculado que el 14% de la población mundial se vería expuesta a fenómenos extremos ligados al calentamiento global al menos una vez cada cinco años. Si el volumen del calentamiento se incrementa en medio grado más, llegando a un umbral de  2° grados, el porcentaje de gente expuesta a esos fenómenos aumenta hasta un 37%. Cuando se observa la extinción de especies, sobre todo de vertebrados, si el calentamiento se limita a 1,5° grados, el 4% de las especias perdería, como poco, la mitad de su hábitat. Si añadimos medio grado más, el número de especies afectadas aumentaría en un 8%. Entre el 70% y el 90% de los arrecifes de coral se vería severamente afectado por un calentamiento de un 1.5° grados, y esto se extendería a todos ellos con un aumento medio de la temperatura de 2°C.

¿Cómo explica el enfoque negacionista adoptado por algunos jefes de Estado cuando la ciencia dice lo contrario?

Pienso en la película An Inconvenient Truth [Una verdad incómoda, 2006, de Davis Guggenheim, con guión de Al Gore ]. La información de la que hoy disponemos sobre el cambio climático es muy sólida y disfruta de un amplio consenso en el mundo científico, por lo menos entre aquellos que están cualificados para expresar un juicio acerca de ello. Este consenso resulta perturbador para muchos, pues si queremos actuar contra el cambio climático, necesitamos poner en cuestión el uso de combustibles fósiles. El cambio es posible, pero esto precisaría una revolución en muchos campos, empezando con la forma en que producimos y consumimos energía. Si seguimos como de costumbre, vamos directamente de cabeza a un muro.

El movimiento de Viernes por el Futuro [Fridays for Future] ha dado ímpetu y visibilidad al llamamiento hecho por los científicos, y la ciencia ha dado legitimidad a su vez a las protestas de los jóvenes.

Es exactamente eso. A menudo he salido personalmente a las calles de Bruselas a manifestarme junto a los críos, con un cartel que rezaba: “Los jóvenes y el IPCC: más fuertes juntos”. Por supuesto, resulta más difícil permanecer indiferente cuando un joven, inquieto por su futuro, interroga al mundo político acerca de un informe del IPCC, que a menudo se archiva y se olvida.

¿Qué espera de la COP25 en Madrid?

Espero tres cosas. La primera es que tendrían que concluir todas las regulaciones que forman parte del Acuerdo de París (labor en marcha desde la COP21), que distan todavía de haberse completado. Estoy pensando, sobre todo, en las reglas relativas al uso del carbón como combustible fósil, sobre lo cual no hay todavía acuerdo. La segunda es que deberían decidir fijar el máximo del umbral del calentamiento global en 1.5°C. Hoy en día, el Acuerdo de París afirma todavía que debemos limitar el aumento de las temperaturas globales a menos de 2°C. En tercer lugar, ha de establecerse un fondo internacional de transición climática, con una financiación, como mínimo, de 100.000 millones anuales, un proyecto actualmente atascado en sólo 10.000 millones.

Jean-Pascal van Ypersele (1957), doctor en Física por la Universidad Católica de Lovaina, donde enseña Ciencias Ambientales , ha sido asesor de las Naciones Unidas, y formó parte del grupo de científicos que recibió el Premio Nobel de la Paz en 2007.  

Traducción: Lucas Antón

il manifesto global, 5 de diciembre de 2019

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