Barcos sin honra y la ética de brocha gorda del Alcalde de Cádiz

Fuente: Iniciativa Debate/Jorge Armesto                                                        

Las bombas que matan yemeníes no se fabrican en Cádiz sino que las hace una empresa estadounidense. Luego se las vende al Estado Español y este las revende a Arabia Saudí. Estos extraños cambalaches deberían quizá plantear algunas preguntas: ¿Por qué España compra armas que no usa y luego revende? ¿Está obligada a derrochar parte del presupuesto público en armamento estadounidense sin importar que sea al tuntún? ¿Tiene esto que ver con las broncas que recibe periódicamente de Donald Trump por “gastar poco”? ¿Se amontonan en los almacenes militares más cacharros inútiles made in USA? ¿Especula el estado español y gana dinero con esas reventas o, al contrario, malvende las bombas a precio de segunda mano en lo que sería malversación de caudales públicos? ¿Y por qué los saudíes no las compran directamente a la empresa que las fabrica? Nada se habla de esto y, al contrario, parece que son los obreros de Cádiz, cuya relación con ese oscuro mercadeo armamentístico es circunstancial, los que se enfrentan a un dilema ético que su propio Alcalde insensatamente articula con una expresión tan falsa como simplona y frívola: “elegir entre el pan y la paz”, entre “las bombas y comer”.

Puestos a ponernos exigentes, no hay ningún modo éticamente decente de producir ni de consumir cosa alguna. No hay ni un solo objeto de consumo que no esté atravesado en su producción o uso por graves conflictos éticos de desigualdad, abuso, explotación o destrucción de los recursos. La industrias químicas, alimentarias, de automoción, los centros comerciales… Cualquiera de nuestros actos relacionados con el consumo y la producción es susceptible de reproche moral. Desde echar gasolina al coche a comprar en las multinacionales textiles del trabajo esclavo.

Y lo mismo ocurre con los bienes culturales. Los macrofestivales de rock, por ejemplo, no son más que un efímero derroche de energía, recursos y desechos para que unos músicos multimillonarios, en su mayoría varones que se comportan como niños caprichosos, ganen cantidades obscenas por tararear durante 45 minutos himnos infantiloides que llevan repitiendo décadas del mismo modo. Mientras, los montadores de esos eventos trabajan a destajo por sueldos en comparación ridículos. ¿Es éticamente defendible tal orgía de despilfarro inútil? Pongámonos aún más finos: ¿acaso es ético ir a comer una tapa de calamares a un bar donde se explota a los camareros? ¿Qué tienen de diferente los obreros de Navantia del resto de nosotros? Sí, consumir y producir siempre es conflictivo y nuestra posición como productores y consumidores es siempre dual: somos víctimas y a la vez verdugos. Bienvenidos al capitalismo.

Estas o parecidas reflexiones podrían esperarse de Kichi González, al que supondríamos un cierto acervo dada su militancia anticapitalista. Aunque di tú que bastaba con que hubiese escuchado algunas canciones de La Polla Records. En lugar de eso, como en otras ocasiones, sacó la brocha gorda para embadurnarse con un discurso ético tan simplón como peligroso.

Los gaditanos no tienen por qué justificar que construyen barcos de guerra al igual que los asturianos no piden perdón por extraer zinc. Pero es Kichi quien parece pensar lo contrario al tratar de encontrar fundamentos históricos y aleccionarnos de que ya lo hacían “desde los fenicios”. Supongo que, a su juicio, eso les da algún tipo de mejor derecho. Todo el norte de León padece la pandemia de minas a cielo abierto, algunas de temibles efectos contaminantes, otras en Reservas de la Biosfera o aniquilando yacimientos arqueológicos valiosísimos. Puedo imaginarme al empresario que más se distingue por su falta de escrúpulos justificando la bondad de su devastación con los argumentos de Kichi: “¿Acaso no lo hicieron los romanos en Las Médulas?”. Hay tradición de minería también. Y, como casi siempre, la apelación a la tradición solo sirve para justificar la arbitrariedad.

Pero aún hay un argumento más dañino. Lo cierto es que los obreros de Navantia no son más culpables de nada que cualquiera de nosotros, pero es su propio Alcalde el que parece pensar lo contrario cuando acepta los términos de la falsa dicotomía entre “paz” y “pan”, entre “bombas” y “comer”. Al defenderlos así, es él quien los coloca en el lado siniestro del silogismo. Para empeorarlo más, la diputada de Podemos Carmen Valido criticó que “un territorio tenga que elegir entre pan y el cumplimiento de la ley”. Tales argumentos son música celestial para el capitalismo rapaz. ¿Un ayuntamiento reclama un cementerio de residuos nucleares? Claro, hay que comer. ¿Minas de cobre y oro con balsas de residuos que arrasan ecosistemas? Es una pena, pero hay que comer. ¿Arrasamos los bosques autóctonos y plantamos especies pirófitas de rápido crecimiento que ponen en peligro las vidas de aldeas enteras? Lloramos un poco a los muertos, pero hay que comer. Y no te pongas muy tiquismiquis con las leyes ambientales y con las licencias, que hay que comer. Detrás de cada proyecto económico altamente lesivo para el bien común, siempre hay quien tiene que comer. Pontevedra entera padece el insoportable cáncer de una empresa que fagocita la ría y hasta el aire que respiran. ¡Ay! ¡Pero sus obreros tienen que comer! Por otro lado, cuando se argumenta que la comida de los nuestros, puede justamente oponerse a la paz y al derecho a la vida de otros, ¿en qué nos diferenciamos del discurso xenófobo de la extrema derecha? ¿Cómo podremos negarnos a que se expulse a extranjeros porque los nuestros tienen que comer?

No solo se trata de una dicotomía perversa, sino mentirosa. Todos hacemos algo más que “comer”. Los asalariados de Navantia seguro que también se tomarán una cervecita alguna vez, ¿no? Igual alguno se compra una consola, o se va de vacaciones aunque sea modestamente. A juicio de Kichi, comer puede que nos justifique para que ignoremos las consecuencias nefastas de nuestra actividad en otros menos afortunados. ¿Pero también lo hace tomarse una cañita o comprarse un móvil nuevo? ¿Esa otra parte del salario que gastamos en productos de los que quizá podríamos prescindir también nos absuelve? La demagogia trivial del Alcalde de Cádiz lo mete en un callejón sin salida porque, en realidad, no habla de “comer” sino de “vivir”. De vivir, unos mejor, otros peor, como vivimos en las ciudades y pueblos de un país occidental donde no nos caen bombas encima. Y es esta demagogia la que abre la puerta a la condena moral. Quizá podamos mirar a otro lado amparándonos en el “comer”. Pero es que no solo comemos. Hacemos más cosas. Más cosas que tienen graves consecuencias para otros que comen menos.

No es la primera vez que Kichi se adentra en pantanos éticos. En el lamentable episodio de la hipoteca de Irene Montero y Pablo Iglesias se apresuró a ponerse a sí mismo como ejemplo virtuoso. Entonces calificó aquel asunto privado como algo “atroz”, nada menos. Podría haber sido “equivocado” o incluso “incorrecto”. Pero no: era “atroz”. Algo cruel, inhumano, de una gravedad extrema. Hoy, cuando lo que se tratan son temas que conciernen a la vida y la muerte, al trabajo o al desempleo, ¿cómo lo calificará? ¿El que los empleos de esos trabajadores dependan de máquinas de guerra cuán atroz es?

Aquel asunto evidenció su ligereza a la hora de proclamar juicios morales. En los barrios periféricos de Madrid con 800 € al mes apenas se puede alquilar un minúsculo estudio de una habitación. Es de suponer que tener que pagar a un casero esa cifra que crece año a año debe resultar muy ético, pero si la misma cantidad alguien la destina a contraer una hipoteca de por vida, de repente se convierte en un traidor al pueblo. ¿Qué clase de distinción absurda es esa? Si Kichi hubiese tenido más luces se daría cuenta de que, hipotecados o inquilinos, todos son igualmente víctimas de un sistema de especulación inmobiliaria que obliga a pagar esas cantidades obscenas para poder alojarse en una vivienda. Y si se da el caso de que algunas de esas víctimas son menos vulnerables que otras, no por ello son culpables de nada ante los demás. Sería como si en una galera romana un prisionero levantase la mano y dijese: “oiga, que a ese le han dado dos latigazos menos”.

En su lugar, Kichi minimizó el infernal acoso al que alguna prensa somete a Pablo Iglesias e Irene Montero, quejándose de que a él una vez le habían fotografiado la raja del culo y no andaba por ahí lloriqueando. Eran, en fin, pequeñas contrariedades que hay que sobrellevar aunque a él en general la gente le respetaba porque, claro, vivía en su “piso de currante”. Como si acaso fuese comparable el grado de exposición de unos y de otro. Como si fuesen comparables los cotilleos de una capital de provincia y el trato cercano de vecinos y alcaldes, con el ensañamiento por todos los medios imaginables con el que se trata de destruir a Pablo Iglesias. Igual que a esas parejas en que a una la acribillan los mosquitos mientras que al otro le pican de vez en cuando, imagino a Kichi diciéndole a la acribillada: “pero deja la ventana abierta por la noche, mujer, que no es para tanto. Y quita ese insecticida, que huele de un modo atroz”.

Ese asunto es muy indicativo de su tosco maniqueísmo. Si le impone una medalla a la virgen hace muy bien, porque es bueno “equivocarse con el pueblo” aunque traicione la idea de un estado laico. Total, en un país donde se encarcela a personas por delitos de blasfemia, bien se pueden tener esas atenciones sin importancia con la iglesia. Pero si otros se hipotecan, eso es atroz. ¡El mal puro! Ah, eso sí, si mis vecinos protestan en la calle reclamando que el gobierno autorice la venta de bombas a un régimen dictatorial que puede usarlas contra inocentes, entonces hacen fenómeno porque la tradición manda y hay que comer.

Hay cosas que no se pueden justificar. Soy trabajador público y mi trabajo es éticamente indefendible puesto que está al servicio de leyes injustas. No tengo modo de lograr otro y también tengo que comer. Pero no me anestesio con justificaciones estúpidas que me tranquilicen. No hay honra en mi trabajo ni tampoco en fletar barcos de guerra. Ni en fabricar coches ni en comprarlos. Ni en hacer turismo, ni en despilfarrar recursos, ni en adquirir móviles de coltán, ni en prácticamente nada. Pero que seamos víctimas de un sistema que nos obliga a participar de su radical injusticia y a convertirnos en verdugos indeseados de otros, no nos faculta para encontrar descargos que vuelvan tolerable lo intolerable. Kichi podría haber defendido el trabajo de sus vecinos sin necesidad de encontrar un trasfondo ético imposible. Aunque al menos hay que reconocerle el mérito de que no llegó a la soberana imbecilidad de Borrell, quien afirmó que estas bombas no eran de las que mataban personas.

La cosa es más brutalmente sencilla: los trabajadores de Navantia tienen, como casi todo el mundo, curros de mierda. Tienen que construir barcos del mismo modo que hay funcionarios que envían, cumpliendo la ley, cartas denegando subsidios a personas que saben que los necesitan desesperadamente. Es su trabajo, tienen que comer, pero eso no lo vuelve bueno de ningún modo. Quizá llegue el día, más pronto que tarde, en que alguna empresa con menos escrúpulos aún, someta a Cádiz o a cualquier otra ciudad a nuevos chantajes todavía más insoportables e indecentes. ¿Queréis comer? Pues tragaos esto, y esto, y esto. ¿Y entonces qué dirá? A Kichi parece que le gusta aleccionar a otros sobre las expresiones de su tierra. En Galicia hay una que se usa cuando uno habla de más y mejor hubiese estado callado. Se dice que “saca a lingua a pacer”. Eso es lo malo de sacar la lengua a pastar, que llega el día en que esas palabras te las tienes que comer.

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